26 nov 2009

Los caramelos que llevo en el bolso

A todos mis miedos los enfrento asustándolos con un miedo mayor, al que ellos también temen. El día de nuestra muerte.
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Ni me pienso Vallejo ni Heraud, pero ya imagino ese día, una tarde fría de mayo, en la semana del segundo domingo. No estaré asustada como siempre porque se viene el día de la madre, ¡oh madre! No, ese miedo no será el que ese día me asuste. Estaré en cama, adosada a mis sábanas sin poder sostener mi cabeza sobre las almohadas, estará tan pesada por la fiebre que pensaré en dejarla caer al suelo frio para sentirla más fresca. No podré hablar porque mi garganta estará destrozada de tanto vomitar, mi lengua estará reducida a un trocito de esponja desgastada, y aunque no diga palabra, mis labios estarán entreabiertos porque su sequedad me impedirá mantenerlos juntos sin hacerme daño. No podré ingerir comida, mi estomago ya no aceptará nada. Miraré amorosamente el suero nutricio que me hace pensar en mi infancia, en mi estadía en el hospital donde me operaron de apendicitis y me dejaron una cicatriz en forma de ciempiés en el vientre. Querré tocarla, recorrer específicamente su forma, sentir su superficie resbalosa; pero no podré moverme. No importará, la recordaré y sentiré alivio. Pronto darán las seis de la tarde y sabré que ese día debo morir y nuevamente me invadirá el miedo. “No quiero morir”, pensaré. Y ese será mi último pensamiento en negativo.
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Cuando tengo miedo, pienso en un miedo mayor, y luego sonrío con una sonrisa que es mueca angustiada. Aprieto los puños y quiero correr, pero no corro; miro con cariño el bolso q siempre me acompaña y extraigo el caramelo que durante el día me dará paz.

4 oct 2009

El día que terminé con Freud



Faltaba media hora para la cita y desde donde me encontraba el recorrido duraba 1 hora. Se me había hecho tarde – otra vez –. Podía tomar un taxi, pero no keria. Simplemente ese día no tenía el menor deseo de tomar la ruta de todos los viernes, pararme frente a su consultorio, tocar el timbre, esperar que me abriese la puerta, pasar a la salita, sentarme y después de media hora de rodeos, exponer mis heridas para que mirase dentro de ellas, hurgase en sus formas y elucubrase con qué arma punzante habrían sido realizadas, que lanzara las hipótesis sobre las endebles cicatrices. No quería. Estaba cansada, sobre todo hastiada.


[Vivimos en un mundo de signos, todo puede ser interpretado. Pero la posibilidad que es amena, ella la empujaba a la obligación asfixiante. Que cargase siempre con muchas cosas en mi bolso para ella era símbolo de que me era difícil desprenderme o que de todo quería hacerme responsable, cargar el mundo a mis espaldas. Que soñase con pilares que caían, mi temor a no ser protegida. Que permaneciese con unos lentes cuyas lunas estaban rayadas y se notasen claramente desgastados y que no me preocupase en cambiarlos, ella decía que era mi resistencia a ver el mundo con claridad. Que llegase tarde a las consultas, ella consideraba que era mi subconsciente manifestando desinterés en querer ir (en eso podríamos conceder un grado de verdad). O tal vez tuvo razón en todo, pero y QUE. Inicialmente bajo mi emblemática teoría de apretar la herida hasta que de tanto doler, el organismo lo asimile y finalmente ya no duela, fui a cada sesión. Pero no ocurría así. Seguía doliendo, doliendo y doliendo. Un día ella se dio cuenta de mi incomodidad y me dijo: “tal vez sería mejor que detuviéramos la sesiones, últimamente no presentas nada nuevo qué contar, se ha vuelto rutinario esto”. Lo mismo que estuve pensando, pero se sintió feo que ella tomase iniciativa. Me asusté. Me sentí terriblemente mal. Había aburrido a mi sicoanalista. Maquinalmente inventé algo para contárselo, le di un nuevo giro a nuestra relación. Ella quedó prendada. Y seguimos con la terapia. En la siguiente sesión fui decidida a terminar con ella. Sabía muy bien lo que le diría: “Lo lamento Freud, pero si la terapia no me ayudará a liberarme del dolor y solo pretendes darme herramientas para ser menos infeliz, pues olvídalo, ya no quiero seguir con esto”. Me sentía convencida de que hacía lo mejor y algo en mí bailaba al son de la canción “freedom”.]


Llegué tarde, me invitó a tomar asiento y se dispuso a escucharme. Se me atoró la lengua y antes de articular palabra, estallé en llanto. Casualmente lloraba en mis sesiones, ella no se mostraba sorprendida. Pero esta vez mi llanto era más intenso y constante. “Estás bien?” preguntó. No recuerdo exactamente lo que yo respondí. Nunca me gustaron las despedidas, nunca fui buena aceptando separaciones. Eso de tú por tu lado y yo por el mío, no es mi modus operandi. Al irme la abracé y habituada a ser lo que soy, animal de costumbres, le dije: “podría buscarte pasado un tiempo?”


Han pasado dos meses y yo y mis manías vivimos un tórrido e insano romance. Lo lamento, pero no te extrañamos Freud.

12 sept 2009

El carro de Meteoro


Pensar en ir todo Javier Prado a las seis de la tarde, me estresó. El sempiterno tráfico de esa avenida no es atractivo a menos que no tengas el menor apuro, encuentres asiento libre y lleves algo que leer, para jugar, comer o simplemente dormir. Incluso si quieres conversar con alguien que te es esquivo. El tráfico de la avenida Javier prado puede ser un perfecto cómplice. No tendrás privacidad ni absoluto silencio, pero sí estarás atrapado en medio de un paréntesis temporal, todo en completa quietud. Nada se moverá durante más de una hora. Si llueve, tendrás una linda vista de las calles enjuagadas por la lluvia. Pero, eso será si tienes tiempo, si no será el infierno escenificado en una tortura interminable de una hora o más. No quise eso, me sentía con ánimo de llegar pronto a casa, y si no pronto, al menos quería una ruta que fluyese, sin congestión y q me hiciese la ilusión de estar cada vez menos lejos. Opté por Salaverry y fue así como me subí al carro de Meteoro.

Cuando apareció casi se pasa de largo, dudó en detenerse ya que la luz verde estaba en sus últimos segundos. Pero finalmente se detuvo. Y exactamente cuando mis dos piernas ya estaban en la escalerilla, arrancó nuevamente. Me golpee contra una baranda y para no caer me sostuve de un asiento. Miré al conductor con odio, él volteó y me sonrió despreocupadamente. Algo no estaba bien en esa sonrisa. Temí. La luz cambió a roja. Pude sentarme y darme un minuto en evaluar bajarme de ese carro. Pero la tentación de la velocidad fue grande. Podría llegar más rápido a mi casa, pensaba. Antes de seguir pensándolo, la luz volvió a verde y ya estábamos tomando posesión de unas callecitas por donde entraba el carro a toda máquina. Las calles eran estrechas, él irrumpía en ellas. Aparecían de más en más las curvas, él las sorteaba en pleno vuelo acariciando las paredes de las casas colindantes. Y nosotros las pasábamos con el estomago de lado a lado, equilibrando el lado al que el carro tendía en medio de sus diestros quiebros. En solo unos minutos avanzamos prodigiosamente por obra y gracia del osado conductor y doblando la última curva de una callecita salimos a dar a la Av. Universitaria. Fue ahí cuando alcanzamos un carro de la misma línea. Pasajeros abordo palidecimos.

Meteoro no se detenía en los paraderos. Toda la izquierda, decía el cobrador; y el Meteoro obraba. Avanzábamos avanzábamos y avanzábamos. Aparecían mas carros, pero Meteoro no dejaba de acelerar y se metía en carriles ajenos a velocidades inquietantes. Ya era demasiado tarde para pensar en bajarme, ya no lo pensaba, mi único pensamiento era en realidad un sentimiento: angustia. La señora que estaba sentada en el asiento de adelante sin mayor resguardo que un cinturón de seguridad averiado no dejaba de gritarle al conductor “¡Ud. cree que lleva costales de papa!”. Dos más se quejaban y le pedían disminuyese la velocidad. Pero Meteoro era solo una sonrisa extraña y ojos impasibles. Su cerebro iba sobre ruedas. Después de veinte minutos de aventura, dos pasajeros pidieron bajar, y Meteoro no se detenía. Diez minutos después cuando había dejado suficientemente atrás al otro carro de la misma línea, se detuvo para dejarlos huir.

Próximos a mi paradero, avisé al cobrador y lo repetí tres veces por si el cerebro automovilizado no me hubiese oído. No valió de nada, no quería aproximarse a la derecha. El número de vehículos que se aglomeraban a la altura del centro comercial esperando subir la mayor cantidad de gente posible no se le hizo atractivo a Meteoro. El cobrador abrió la puerta y a la distancia de un carril hacia los límites de la pista, (sí, los límites de la pista, no el paradero en sí mismo, eso estaba a una distancia de 10 custers hacio adelante aproximadamente) me dijo que bajase. Sobre ese carril, que hacía ahora de paradero, venia más atrás el carro de la misma línea que antes dejamos atrás y ahora nos alcanzaba, y más atrás otros vehículos. Entre bajar en medio de la pista o permanecer en ese carro, opté por la primera opción. Pero antes, salí de mi mutismo que me acompañó todo el camino y descargué rabia contra ese par de cerebros embadurnados en aceite y rellenos de gasolina. Ellos no parecieron inmutarse. Y Meteoro simplemente sonreía despreocupadamente.

Hasta la fecha (empecé a ver todas las noches la sección de policiales en las noticias) la felicidad de Meteoro continua. Habla, subes?